MUNICIPALIDAD DE PALPALA

INTENDENCIA ORTIZ

Reseña Historica de Palpalá - Los primeros Pobladores

El señor Rosell, que estuvo en el cargo deb capatáz durante los comienzos de la construcción de los locales de "Altos Hornos Zapla".

               Situado en un lugar decisivo, el territorio jujeño fue escenario de varias luchas; primero, de los pobladores indios contra el avance de los conquistadores; después, de los ejércitos patriotas y las montoneras gauchas contra las invasiones realistas que bajaban del Alto Perú. Jujuy no podía dejar de tener un perfil propio dentro del conjunto de las provincias.

Los primeros pobladores

A la hora de la irrupción hispánica, el actual territorio jujeño estaba habitado por diversas parcialidades indígenas. Básicamente predominaban los omaguacas, los ocloyas y los jujuyes. Los primeros constituían una gran confederación de tribus dedicadas a la agricultura, y además, eran expertos tejedores y alfareros. Con centro en Tilcara y Humahuaca, pertenecían a ella, entre muchas otras tribus, los uquías, los purnamarcas, los tilcaras, los tumbayas, los tilianes, los yalas, los chuyes, los quilatas, los chilchas, los casavindos y, muy cerca de San Salvador, los argamatas.

Los ocloyas también estaban emparentados con los omaguacas, pero su escenario geográfico eran los valles de Ocloyas. A esta familia indígena también pertenecían diversas tribus, como los quispiras, los tactacas, los tilcalaisos, los estoybalos, los panayas, los opras y los titicondes. Además, más próximos al Chaco, se encontraban los apanatas, los amanatas, los osas, los gaipetes y los paipayas. La familia de los jujuyes también estaba integrada por varias tribus como, por ejemplo, los chirimanos, los pelichocos, los palomos y los churumatas.

La penetración hispánica

  La fuerte resistencia ofrecida por los habitantes indígenas de la región hizo difícil el avance de los conquistadores. En 1536, al frente de una expedición que se dirigía a Chile, anduvo por la puna jujeña Diego de Almagro, compañero de aventuras y socio de Pizarro en el Perú. La muerte en combate de varios de sus hombres lo obligó a apurar el paso por la quebrada de Escoipe y llegar al valle de Lerma, donde tras reponerse, siguió rumbo a Chile por la Sierra Nevada. Siete años después aunque procedente del sur, el capitán Diego de Rojas  recorrió el mismo camino, pero con peor fortuna; en la Quebrada de Humahuaca fue muerto por los indios y su cabeza terminó coronando una lanza guerrera.

Los tiempos que siguieron no fueron más fáciles. En 1563, los ataques indios obligaron a los españoles a abandonar la ciudad de Nieva, fundada dos años antes por Gregorio de Castañeda cerca de la actual San Salvador de Jujuy. Algo similar ocurrió con la ciudad San Francisco de Álava, levantada en 1575 por Pedro de Zárate, la cual fue arrasada.

Pese a todo, incluso a los enfrentamientos existentes entre los mismos españoles, la superioridad militar de los conquistadores terminó por imponerse. Tras el emplazamiento de tres fuertes - el de Hernán Gómez, el Grande y el de Palpalá - entre el acceso a la Quebrada de Humahuaca y el valle que, los españoles ya llamaban de Xuxuy o Jujuy, el 19 de abril de 1593 Francisco de Argañaráz y Murguía fundó San Salvador de Velazco en el Valle de Jujuy, actual capital de la provincia. Vencido Viltipoco, el último gran cacique de los omaguacas, se consolidó definitivamente el poder de la Corona.

La Independencia

En el siglo XVII, Jujuy se vio afectada por los levantamientos calchaquíes, en especial por los de 1630-1636 y de 1657-1666. Sin embargo, su ubicación estratégica en la vía de comunicación entre el Río de la Plata y el Alto Perú favoreció el desarrollo. Este mismo factor se hizo sentir a la hora de la lucha por la causa patriota: Jujuy se convirtió en escenario del enfrentamiento del Ejército del Norte con las fuerzas realistas. La Quebrada de Humahuaca fue uno de los principales teatros de operaciones bélicas. En julio de 1812, una de las invasiones "godas" puso en serios aprietos al ejército de Belgrano, que se hallaba sin recursos ni pertrechos. El creador de la bandera nacional dispuso que unos doscientos hombres mantuviesen a raya a la avanzada realista, para dar tiempo al resto de la tropa a replegarse ordenadamente. La retirada debía ser total, de modo que no quedasen mulas, caballos ni nada que pudiese servir a los "godos". El 24 de agosto de 1812, cuando Pío Tristán, el jefe realista, entró en San Salvador de Jujuy, se encontró con una ciudad desierta: el pueblo en masa se había marchado junto con los patriotas, realizando así una de las grandes gestas de la historia nacional, la del "Exodo jujeño".

Seis meses más tarde, tras las victorias obtenidas en Tucumán y Salta, Belgrano volvió a San Salvador. En 1814, la historia dio otra vuelta de tuerca; los realistas recuperaron la ciudad. Pezuela en persona, el jefe realista que había vencido a Belgrano en Ayohuma, entró en la ciudad dispuesto a enfrentase con San Martín, el sucesor de Belgrano en el mando del Ejército del Norte. Las guerrillas gauchas de Güemes desbarataron sus planes. Jujuy soportó en total 11 invasiones realistas; después de 124 combates, la frontera norte quedó en manos patriotas.

El 6 de mayo de 1815, cuando Güemes fue nombrado gobernador de Salta, San Salvador de Jujuy aplaudió la medida pero también manifestó su queja por no haber sido consultada. Güemes visitó la ciudad jujeña y tranquilizó a la población. De todos modos, los entredichos entre salteños y jujeños continuaron. El 18 de noviembre de 1834, el teniente coronel José Manuel Fascio, jefe del municipio de Jujuy, llamó a Cabildo Abierto. Los cabildantes aprobaron la autonomía y designaron a Fascio gobernador de la naciente provincia de Jujuy.

La legislatura salteña reconoció al nuevo Estado, pero el gobernador De la Torre se opuso. No tardó en producirse el enfrentamiento armado; el 13 de diciembre de 1834, las fuerzas de Fascio derrotaron a las de De la Torre. La victoria consolidó la definitiva independencia provincial.

Todo un idioma

Antes de la Conquista, el quichua fue la lengua general en toda el área jujeña. Hubo también otros idiomas, pero fueron desplazados. En cambio, el quichua y, subsidiariamente, el aimara debieron ser adoptados para la predicación por el Concilio de Lima de 1583. En 1810 los manifiestos de la Junta se difundieron en ambos idiomas, además de serlo en castellano. Lo mismo ocurrió con algunos decretos de la asamblea de 1813 y con el anuncio de la campaña de San Martín al Alto Perú. Esta persistencia lingüística se registra aún hoy.

Aunque no existe literatura indígena escrita en su lengua original -eran pueblos ágrafos- sino en transcripciones en caracteres arábigos a partir de la Conquista, resulta evidente su riqueza en materia de mitos, fábulas, cuentos, leyendas y canciones, algunos de las cuales han llegado hasta hoy por tradición oral. Cabe destacar la vigencia coloquial cotidiana de vocablos quichuas y su influencia en la pronunciación castellana: la marcada presencia de eses silbantes o la singular aspiración de sílabas que se inician con vocal. Por eso, el estudio de la literatura jujeña no puede limitarse a la producción escrita y en castellano; también debe incluir la tradición oral castellana, quichua y aimara.

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